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sábado, 27 de octubre de 2007

Decía Einstein que sólo existen dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Pero… ¿qué pasa con la curiosidad de un niño?

Todos hemos hecho preguntas de esas que casi provocan el desmayo de los que estaban a nuestro alrededor, del estilo de “Mamá, ¿papá y tú hacéis el amor?” o “si os casasteis en Junio, y los niños están nueve meses en la barriga…¿yo por qué nací en Diciembre?”.

También hay preguntas del tipo “¿los cocodrilos tienen pito?” (ojo, que reconozco que a estas alturas la sexualidad de algunos animales sigue siendo una incógnita para mí) o
“¿por qué la niña tiene las bragas manchadas de sangre?”.

Cuando era pequeño robaron en mi casa y yo, reconocido cagón, le preguntaba a mis padres que si los ladrones se podían disfrazar de ellos y entrar en casa sin que yo me diera cuenta (porque yo no soy desconfiado, oye).

Más contemporáneamente, a Mandarina (la niña que no mira, sino que sospecha) le ha dado por las “preguntas herejes”: llámese a esas preguntas que, en casas como la mía (en las que las opiniones son tan firmes como opuestas) provocan un incómodo silencio.

Mamá, ¿quién ha hecho el mundo?

Por lo visto en el cole le han comentado que lo hizo Jesús, con lo que ella ha deducido, por lógica aplastante, que Jesús es un mago, con el consiguiente estupor de mi abuela. Ya verás como a alguno se le ocurra contarle el truco de los panes y los peces…

Además, me llegan por las ondas robadas wi-fi los
enaltecimientos de la patria y sus consecuencias posteriores, así que ya me sé lo que me toca…

Queridos Reyes Magos, como ya debe ser Navidad en El Corte Inglés, este año quiero un bozal…

miércoles, 27 de junio de 2007

Esta mañana me he acordado de la chica labanda.

Entre los superpoderes que compartimos se encuentra el de fulminar a nuestros enemigos con la mirada. Y hoy me encontré a nuestro prototipo de enemigo común.
Estoy yo en mi gym pijo-pero-pequeño (por el que te pegan una clavada de mensualidad) sudando mi operación tableta de chocolate, cuando una voz aguda me interrumpe.

¿Lo estás usando?

Me giro buscando a mi interlocutor pero no le veo. Miro hacia abajo y me pasmo al ver que no levanta un palmo del suelo. Ante mi afirmación, el enano de 7 años se da media vuelta y revolotea hasta donde está su padre.

Además del típico padre que se trae a su niño al gimnasio pero no es capaz de controlarlo para que no dé por culo, es también el típico personaje que te encuetras en un lugar como éste.


Rondará los 40. Tiene una enorme barriga cervecera acompañada de dos patillas de alambre, pero a juzgar por ese ojo del tigre con el que se mira en el espejo mientras hace posturitas debe pensar que está cachas.


El niño chilla y corre por la sala de fitness mientras el padre tontea con veinteañeras. Yo estoy horripilizado. Le veo ponerse de pie en el sillín de las bicis, colgarse de las poleas e intentar coger las mancuernas más grandes. Su destino está escrito: o se abre la crisma o se la abro yo. Y a su puñetero padre detrás.

Que para Eye of the Tiger, el mío.