Esta mañana me he acordado de la chica labanda.
Entre los superpoderes que compartimos se encuentra el de fulminar a nuestros enemigos con la mirada. Y hoy me encontré a nuestro prototipo de enemigo común.

Estoy yo en mi gym
pijo-pero-pequeño (por el que te pegan una clavada de mensualidad) sudando mi
operación tableta de chocolate, cuando una voz aguda me interrumpe.
¿Lo estás usando?
Me giro buscando a mi interlocutor pero no le veo. Miro hacia abajo y me pasmo al ver que no levanta un palmo del suelo. Ante mi afirmación, el enano de 7 años se da media vuelta y revolotea hasta donde está su padre.
Además del típico padre que se trae a su niño al gimnasio pero no es capaz de controlarlo para que no dé por culo, es también el típico personaje que te encuetras en un lugar como éste.
Rondará los 40. Tiene una enorme barriga cervecera acompañada de dos patillas de alambre, pero a juzgar por ese ojo del tigre con el que se mira en el espejo mientras hace posturitas debe pensar que está cachas.
El niño chilla y corre por la sala de fitness mientras el padre tontea con veinteañeras. Yo estoy horripilizado. Le veo ponerse de pie en el sillín de las bicis, colgarse de las poleas e intentar coger las mancuernas más grandes. Su destino está escrito: o se abre la crisma o se la abro yo. Y a su puñetero padre detrás.
Que para Eye of the Tiger, el mío.